Monday, November 4, 2013


FUNERATOR (El ataúd vacío)

El hombre, único cliente en el bar, apuró su café, dobló cuidadosamente el Marca y con la mirada -diríase con sus grandes ojeras de pajarraco sobrevivido a la noche y arribado al postrero amanecer solo de pura casualidad, de mero acontecer- hizo entender que deseaba la cuenta. Vestía elegante pero desaseado, como si recalara a aquel amanecer y a aquel bar después de tres o cuatro días de boda pantagruélica. Antes de salir tuvo aún tiempo de echarse unas tragaperras y el camarero, apenas un niño, lo observó durante unos momentos al trasluz sin llegar a fijarse si el hombre perdía o ganaba. Antes de salir, aún dijo: "Uno puede ir ganando hasta que al final pierde. Como en el amor. Las tragaperras suponen una metáfora perfecta de esta locura cochina que los vivos llaman vida". El camarero lo miró pensando lo que piensan todos los camareros, otro loco, todos me tocan a mi, la hostelería es un lodazal.

Ya en la calle, el hombre se paró unos instantes preciosos frente a la plaza que se le abría, contemplando el sol tímido que, como una venturosa mortaja, cubría toda la escena: los repartidores en el trajín de los portales, viejas avanzando imperceptiblemente al final de la calle Traspiés y unos perros despedazándose entre sí sobre un elevado jardincillo de arena. El hombre empezó a caminar resuelta y felicianamente, casi como un turista que, confiado, mirase los ventanales de las casas. Así callejeó sin rumbo, jugando en su cabeza a doblar siempre a la izquierda la primera esquina, hasta que -sin algo que lo precediese, lo anunciase de algún modo- una expresión de apuro, de prisa posmoderna, electrificó durante un segundo todo su cuerpo. Allí mismo paró un taxi, entró veloz y dijo con desagrado la dirección del lugar mientras buscaba entre sus bolsillos algo que no fuera ni calderilla ni tabaco ni cartones del bingo. Después, tranquilizándose, recordó que se había guardado en el calcetín un ultimísimo billete de 10 euros, por si acaso. Fue entonces cuando vio en el salpicadero del coche una pegatina con el escudo de su equipo. El taxista le cayó instantáneamente mejor:

-¿Cómo hemos quedado? -preguntó.

-Hemos perdido 0-1, en el último minuto -el taxista hablaba como si se refiriese a algo vivo- Este año como no se enmiende la cosa pegamos un segundazo de dos cojones...

-Eso no lo dude usted -nuestro hombre meneaba la cabeza, con la expresión del que sabe que las cosas son así y que la futilidad, cuando no la ignominia y la barbarie, dominan nuestros actos. Y se replegó en un sincero silencio del que ya el taxista no pudo sacarlo.

Cuando llegaron al destino, el hombre bajó lentamente, como si las prisas de la mañana, de la urbe y sus atascos, no fuesen ya con él. Mientras pagaba con el billete sudado, el hombre preguntó al taxista:

-Oiga... ¿usted sabe quién es Caronte?

-¿Caronte? -el taxista buscaba el cambio, que el hombre negó con un leve gesto de la mano- ¿Ése no es uno de Sevilla Este?

-Bah... déjelo -y el hombre ya se iba pero en un momento se giró sorpresivo y peguntó- ¿No tendrá usted fuego?

El taxista, que ya se arremetía de nuevo en el caos urbano como un rinoceronte herido, dijo en el viento:

-No fumo... El médico me lo quitó. Entre el tabaco y el Betis me iba a dar a mí una cosa mala...

El hombre quedó varado en la calle, como un espantajo desvestido. Se habían acentuado sus ojeras y ya no tuvo arrestos para levantar la mirada y contemplar el sol. Buscó una última vez el mechero que sabía que no tenía y entró en la funeraria.

Pasó delante de un trabajador que no lo vio porque languidecía delante de un ordenador, comprobó un nombre en la placa adjunta a una de las puertas y entró sin más preámbulos. Entre el pánico general, los gritos, las carreras y las expresiones más terribles del horror humano, el hombre se dirigió al ataúd, lo abrió, se introdujo en él y cerró la tapa. Todavía cruzó los brazos sobre el pecho aunque sabía que ya no lo veía nadie.

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