FIESTA EN PROSAQUISTÁN (Las tres gracias)
Mientras el avión daba vueltas y se acomodaba para aterrizar entre la neblina, Lady Porconni pudo contemplar una mínima parte de los territorios destruidos por la guerra. Pues tampoco es para tanto, pensó, seguro que hay hasta McDonalds. Nada más bajar, la diva -guapísima ella pero fundamentalmente torpe, como un jirafa en un zoco- metió los zapatos de veinte mil euros en un lodazal del que tuvieron que venir a rescatarla tres esforzados soldados. Olía a petróleo, a gas, a carne quemada. Llovía en Prosaquistán y el comandante Plácido la esperaba bajo un insuficiente paraguas.
En el lugar del concierto, los soldados, tal y como si estuvieran en las gradas de una final de infrafútbol y no ante una actuación de la ultimísima estrella del pop universal, parecían salirse del pellejo: saltaban, se llevaban las manos a los testículos, hacían cortes de manga y se derramaban sobre sí enteras botellas de alcohol. Escupían lapos con furia y descreimiento y muchos se masturbaban ya. Entre bastidores Lady Porconni oteó a aquellas masas simiescas y por un momento se asustó; pero después pensó en la pasta gansa que ya había cobrado por aquellos veinte minutitos de baile y se tranquilizó. Estaba preparada. Sus dos acompañantes estaban preparadas. Todas estaban preparadas. Todas eran profesionales. Y después de la actuación el avión privado las llevaría en apenas cuatro horas hasta la ciudad santa de Dubai, donde, sin ningún pensamiento gravoso, podrían relajarse en un spa y freírse las pestañas con rayos uva. Veinte minutos, pensó. Y ni uno más. Con eso, aquellos pajilleros tendrían material suficiente para hacerse de seguido dos o tres guerras enteras. Con los primeros acordes de Te amaré hasta que me ames, la Porconni, secundada momentos después por Leila y Deila, saltó al ruedo sin saber que ella era el toro. Dos enormes botellas de cocacola hechas de plástico franqueaban el escenario y servían como columnas a una inmensa y luminiscente M amarilla. Atrás, como olvidado, estaba expuesto un gran trapo rojigualdo, deslucido, posthistórico. Como si no quedasen en nuestro ejército trapos decentes con los que engalanar los actos de postín. Como si el rojo se hubiese convertido en un desilusionante rosa y el amarillo fuese, ahora más que nunca, el amarillo de los artistas que mueren sobre las tablas. Aquello era la patria. Un descampado reventado, una alambrada, unos jóvenes malpagados con whisky y media teta vista.
Aunque ya nunca llegaría a entender, siquiera mínimamente, el sentido de aquellas palabras, la Porconni, moviéndose insinuadora, pasándose la mano desde la cadera hasta allí donde le brotaban las dos pelotas de playa, pronunció aquellas palabras que el director de Propaganda le había dicho que pronunciase:
-¡Saludos, próceres de la patria! ¡Espero que me améis tanto como yo os amo a vosotros! ¡Viva el tontipop!
Y ya no hubo relojes dalinianos para más. El comandante Plácido, que hasta entonces intentaba llevar el compás desde un lateral del escenario, solo tuvo tiempo de intentar parar al primer soldado que saltó. Quizás también al segundo. Pero pronto hubo veinte, cuarenta, doscientos retoños de gorila sobre el escenario. Eran hacedores de patria pero también niñatos descontrolados, dopados, asustados, fundamentalmente alienados que, en un intento de sexo, en apenas dos minutos, descuartizaron sin tregua a Lady Porconni y a sus dos acompañantes. Hasta los soldados encargados de custodiar a las tres mujeres -como ya hicieran los militares de Portugal en el 74- se unieron a la fiesta muy pronto, demasiado. Si Dios existiera habría visto al capellán castrense tocándose por encima de la sotana con disimulo apenas intentado, lascivo y hasta provocador. Los mandos disparaban al aire sus pequeños e historiados revólveres, se palmeaban riendo las espaldas y hacían como que no les bajaba una gota de amargor por la garganta. La líbido, la abstinencia, el frenesí, la droga, el aburrimiento, la desesperación, la locura y la patria. Y tres mujeres expuestas como ofertas de salami. El comandante Plácido casi no había tenido tiempo de asir unos restos de licra y apenas unos últimos jirones de carne. La actuación había durado poco más que el conciertazo de Ramoncín en Viñarock 2006.
Cuando se pasó aquel aquelarre hombruno, cuando amainó aquel concubinato del semen y la sangre y la mayoría asaltaba ahora el almacén de bebidas y huía hacia los penumbrosos descampados cercanos, el comandante ordenó a los más borrachos de entre ellos recoger los improbables restos de las tres mujeres y amontonarlos junto a dos ruedas de camiones. Combustible no faltaba nunca en aquel lugar del planeta y alguien acercó una cerilla. El comandante Plácido se quedó un momento inmóvil mirando la fogata, aquella impensable ofrenda a Marte que habría de mantenerse ya viva hasta el lluvioso amanecer. La guerra, la concupiscencia de un cuerpo que somete a otro, olía peor que nunca y él no se encontraba especialmente bien. Sentía algo así como una vaga desilusión sexual en el bajo vientre. Dijo a su su inmediato subalterno:
-Ordena formación. Me los pones a correr hasta que yo me aburra.
Los soldados reaccionaron al silbato como si todos se llamasen Paulov y mirando los inciertos campos de la ceguera (ahora callados, apenas amanecidos, diríase casi sin enemigos) se aprestaron a sobrevivir un rato más. El subalterno siguió en silencio, mirando al jefe, como esperando otra orden o tal vez una palabra amable o incluso un abrazo o una mirada de hombre a hombre.
-Es todo -dijo el comandante Plácido-. Puede retirarse. Viva España.
-Viva.
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