Tuesday, January 31, 2012

POL POT: PUNK CAMBOYANO.
Entrevista al grupo postpunk POL POT, por los doctores Laura Trans & Javier Jabato,
para la revista musical digital EL MUSIQUIÁTRICO.

http://www.musiquiatrico.com/entrevista-pol-pot-grupo-post-punk-de-zaragoza/#more-6365

Sunday, January 22, 2012

ELLA SE FUE CON UN CANTANTE DE ROCK

Ella se fue con un cantante de rock
algo más joven que yo
que tenía
no lo dudéis
el pelo rubio con olor a camomila.

Ella se fue
y mis uñas sucias del trabajo confesaron mi fracaso absoluto;
quedé
varado
pues
en un piso donde ya no había nadie,
de pie en la cocina escribiendo
en bata
como el auténtico enfermo imaginario
(anti)héroe bukowskiano
tal cual un insecto
minúsculo
que se movía por el habitáculo
y no encendía las luces,
sus extremedidades haciendo frunck frunck frunck en la noche;
una crisálida
rozándose apenas por los colchones llenos de polvo
por los muebles llenos de polvo
por las torres de libros abandonados
-víctimas del último ajeno naufragio-;
desembocando al fin al Hombre Críptico
amando al Hombre Críptico
macarra de mis noches
chulo de las aceras
que un día escribió lo que resultó ser este poema de mi idus
y de mis telarañas vendaval.

Españecía,
otoñecía:
atardecía muy pronto:
daba igual que fuera mayo.
LA HISTORIA DE GG ALLIN

Fue bautizado como Jesus Christ Allin en la cuna. El resto sólo fueron las consecuencias.

Tuesday, January 3, 2012




EL ESCRITOR QUE ROBÓ SU PROPIO LIBRO


0
El primer y único mandamiento estaba claro. Escribirás. Punto final.


1
El objeto en sí, inanimado aún, lo habías encontrado unos días antes en el fondo cavernoso, abisal, de aquel sótano que tu abuelo había destinado inconscientemente casi a las cosas desechadas ya, inservibles, vencidas por la dinámica siempre frenética, como de vértigo, de los nuevos tiempos; objetos de hierro, de estaño, de cobre, objetos duros, ergonómicos jamás, objetos nunca pensados y repensados, inventados y forjados, para una pronta obsolescencia. En un caos brutal y casi ordenado, en un Diógenes militante, en una miscelánea improbable que derramaba aceite y óxido doquier, se amontonaban allí máquinas de coser del año de la polka, toscos palos que asemejaban el perfil de una escopeta posterior a la III Guerra Mundial, máquinas incompletas y partes de máquinas que nunca fueron y cacharros de un uso improbable que hubieran, algún día, querido ser electrodomésticos. Su parte soñadora, cinéfila en esencia, pensó en el final de Citizen Kane, cuando la cámara sobrevuela plácidamente aquella sala imensa y hasta el agobio repleta de objetos acumulados diríase al peso.. ...Y entre todos ellos, sepultada entre cadenas y tubos de fierro varios, reposaba -es la palabra- la máquina de escribir. Inmóvil. En silencio. Pareciera que dormida. Tal cual una niña buena. O muerta.
En un tiempo que apenas alcanzabas a llamar ayer, habías escrito tus más recientes novelas, por supuesto, en el ordenador portátil que cargabas con cierto estoicismo de piso de amigo a piso de amiga, de Granada a Lima a Santiago a La Paz a Barcelona a Sevilla a Granada otra vez y definitivamente a Barcelona. Considerabas, con el insano descreimiento posmoderno de aquellos que no saben nada de la magna historia, que habían pasado -que eran pasado como lo era Jesucristo o GG Allin- los romanticismos de la máquina de escribir, el papel limpio que espera, el milagro de aquellos garfios que se curban hacia dentro y físicamente sellan una a y una b, un Érase se una vez, un The End, un En Un lugar de la Mancha, un Y fueron felices y comieron perdices. Habían pasado. Uno podía lamentarse, fustígese usted si gusta, pero poco más. Sin embargo ella, Laura, riéndose, subió aquel trasto desde el sótano y lo aposentó con esfuerzo encima de la mesita que miraba frontalmente hacia el único sofá de la estancia, allí donde justo debiera haber estado la tele:
-Pesa.
-Seguro. Como su puta madre -dijiste.
-Ahora, aunque no escribas -una sonrisa malévolamente cariñosa se insinuaba en la cara de ella- la tendrás siempre delante... Y te jadeará para que la toques.
Pero lo cierto, lo ineludible al amanecer y al anochecer y en las plomizas duermevelas, es que llevabas un tiempo en el dique seco, rehuyendo como del demonio enfrentarte siempre solo y a veces desnudo a aquel espacio en blanco que se suponía que tú, el escritor que te habitaba, el intelecto que te poseía, debías llenar de letras que conformarían fonemas que conformarían sílabas que conformarían palabras que conformarían renglones; rehuyendo de esa responsabilidad tuya para con las letras -para con tu equívoco futuro de hombre de letras- que en el pasado algo metahumano se empeñó en que asumieras; rehuyendo, al fin, de verte como te veías exactamente ahora, delante -y detrás- de un texto nonato a las tantas de la mañana, con un cigarro en las manos y el alma crepitando, chisporroteando como un madero mojado en la candelaria. Mirando la pantalla en blanco sin decidir si te acostabas, te hacías otra paja o escribías un verso salvable. Se habían ido de esa cabecita tuya todas las historias que un día, no muy lejano, te regodeaste en escribir. Había desertado la inventiva de esa cabecita tuya que era ahora como un campo de batalla sin nadie a quien matar; se había ido la imaginación, esa capacidad tuya para ejecutar la consabida concatenación de ideas, la capacidad de saltar aquí y ahora, ya, a otros mundos que evintemente nunca fueron éste. Se habían ido las letras y amenazaban con nunca más volver, tal cual el exiliado resentido que escupe en la frontera antes de abandonar la patria.
Así que había sido imposible hacerlo en los últimos tiempos. El cambio de ciudad, la falta de algún rincón que sin titubeos hubieras podido llamar hogar, aquel repulsivo trabajo que encontraste al final de Las Ramblas y cualquier otra excusa más que se nos ocurra alegar. Aceptamos pulpo... ...Paseando por calles que aún no conocías y que ensuciabas por primera vez, o deportado en las interioridades cavernosas de cualquier estación de metro, pensaste más de un día, más de un tarde a lo largo del otoño, en aquel verso de Bukowski que no era pero debía ser un canto, una letanía más certera que excelsa, a la Creación Artística; una cantinela que a ti, sin embargo, en los últimos y frenéticos tiempos éstos, no hacía otra cosa, no conseguía otra cosa, que dejarte con un conocido resabio en la boca y con un vacío sideral en las entrañas: Escribirás, dijo el viejo borracho que escribía o el viejo poeta que bebía, escribirás mientras un gato te sube por la espalda. Escribirás mientras el vecino taladra la pared y mientras Enmanuel Goldstein desencadena la III Guerra Mundial. Escribirás mientras la señora del tercero grita en las escaleras al hombre del butano y suena el teléfono que no cojes y esperas la muerte y un grifo mal cerrado gotea y marca el ritmo de la tarde. Escribirás afanándole el tiempo -gotas de un oro inasible- a los propios relojes.
...Y mientras tu editor te martirizaba con emails varios y con llamadas siempre ingratas. Tú le dabas largas, le decías que en un mes le enviabas el primer borrador de tu nueva y esperadísima y trepidante novela. Y lo hacías sin un temblor en la voz, como el buen liante que el mercado (matadero) editorial había hecho de ti. Después, nada más colgar, te olvidabas de él y volvías indefectiblemente a lo tuyo. Seguías mintiendo, seguían en blanco las hojas. Dejabas pasar el tiempo, en espera de un milagro puntual.


2
Así que la hiciste sonar por vez primera aquella mañana. Preparaste el ambiente, comprobastes la conveniente cercanía del paquete de tabaco, quién sabe si incluso pusiste algún tema de Nacho Vegas. El ruido, plac, plac, plac, se extendió primero por el pasillo y llegó hasta el baño y la cocina y las otras habitaciones, y después bajó las escaleras del bloque y abrió el portal y serpenteó por todas las callejuelas del vecindario hasta que al final, a vista de pájaro, tal cual un pájaro que se liberase a sí mismo, sobrevoló la ciudad entera y los polígonos industriales y los arrabales y se perdió por los campos cercanos. Fue en el salón de tu casa, en una mañana de domingo que transcurría diríase entre sedas, una mañana que no permitía, como buena cuidadora, que nada del exterior se filtrase hasta aquel tu menguado saloncito, habitáculo de Ikikomori e isla de Robinson por siempre.
Al día siguiente, al despertar, recordaste que la víspera la habías pasado escribiendo, y te acercaste con miedo, somnoliento y en calzoncillos a la máquina y a los papeles adyacentes que, como un manto demasiado impoluto, se extendía en rededor. Al primer vistazo entendieste que aquello, de ser algo, era una puta mierda. Demasiada afección, demasiado artificio. Demasiado barroquizante todo. Así que tiraste de mechero zippo y quemaste aquello y luego te fuiste a la cocina y volviste con un café más que generoso y te sentaste de nuevo en la silla, dispuesto a sodomizar a aquella zorra de la literatura; pero las letras, cabronas ellas, se ausentaron de ti aquella mañana y aquella tarde y aquella noche, y las siguientes, y las siguientes de las siguientes, y tú quedaste a merced del general Invierno, que un día se coló sorpresivo por tu ventana y te vio desnudo y suplicante en aquella habitación y te juzgó y te condenó por indolencia. Tenías los ojos inyectados en sangre, mordiscos de Laura en el cuello y, delante, la nada hecha papel.


3
El milagro se obró una noche de primeros de año. Los primeros golpes aún no os despertaron. Cuando encendistéis la luz y vistéis lo que efectivamente estaba ocurriendo, Laura gritó con la boca en escorzo, como la mujer de El Resplandor cuando el hacha de Jack Torrance atraviesa la puerta, y se frotó espasmódicamente los dedos de la mano derecha, como si con el movimiento pudiera conjurar aquel milagro aterrador. Pero la máquina siguió a lo suyo y tú la miraste con ojos fijos y vidriosos, como el borracho que no cree lo que ve porque lo que está viendo, sencillamente, no puede estar ocurriendo. Después, tras cinco minutos o cinco horas, os acercastéis al engendro y vistéis lo que hasta el momento había escrito: Confesiones de una máquina de escribir, por Underwood Cervantes.
A pesar que desde aquella noche la máquina, furibunda, no dió tregua, vosotros tardardastéis lo indecible en asumirlo. Después de tres o cuatro días en los que no salistéis ni vistéis a nadie ni hablastéis por teléfono ni abristéis el facebook, y tras dos cajas enteras de tila del mercadona, empezastéis a creer en ello. Sí, la máquina, Underwood Cervantes, estaba escribiendo sus memorias. Una idea horrible se fue instalando en esa cabeza tuya sin literaturas a la vista. Una botella de ginebra, compartida con Laura al pie de la máquina, hizo que te decidieras a hacerlo.
En principio intentaste ordenar todas aquellas hojas, apilarlas siquiera en cualquier estante que no estuviese repleto ya de libros leídos y sin leer y de otras chuminadas. Llegaste incluso a marcarlas, página 1, página 2, página 32, pero pronto te pudo la desidia, la molicie sinpar de aquellos días, y el propio y frenético ritmo crador de Underwood, y pronto empezaste así a pensar que debías dejarlas tal cual cayeran, del derecho o del revés, sobre el suelo sin moqueta de tu piso. Caídas hasta con cierta gracilidad, liberadas, después de impresas, por el rodillo de Underwood Cervantes, las hojas fueron llenando entonces, a lo largo de todos aquellos penosos meses de tu primer año en Barcelona, la habitación toda, y fueron poco a poco así conformando, con la cadencia que se imponía a sí misma la diosa Creación, una desigual alfombra blanquinegra, hojas y tinta y nada más, hojas y tinta que no eran otra terrible cosa que la primera novela de la historia escrita, pensada y finiquitada, por un máquina.
Calculaste con previsión de comerciante ladino, con una inusitada avaricia que nunca antes te atreviste a practicar, que la novela, Dios mediante, estaría terminada a finales de año. Sabías lo que eras y ni siquiera eso te detuvo. Ni siquiera pensarlo en tu cuarto en penumbra -confrontado a tí mismo y a nadie más en aquel interín que se alargó durante meses y meses y que ningún calendario se atrevió a datar- te hizo desistir de tu locura. Ni siquiera te detuvo saber lo que eras, pensar fríamante lo que eras. A saber, un apropiador espurio de los ajenos esfuerzos, un plusvalidor de la letra, un editor casi y un ladrón de la literatura al fin, zafio y alevoso y nunca de guante blanco. Lo prescribía la ética del literato profesional y lo repetían aquellas esquinas, ciertas esquinas, y las puertas del infierno, de existir, estarían abriéndose ahora mismo, con la certeza y la lentitud de lo humanamente irremediable. Esperaste con mucha paciencia y más tabaco el momento cumbre en el que la máquina, parturienta de tinta y papel, terminase de escribir. Esperaste el momento mientras real o poéticamente, elija usted, las paredes se fueron curvando hacia dentro y fluctuaron y se hicieron aleatoriamente cóncavas y convexas y el techo se quebró ahí arriba y el suelo se hizo polvo escaso en el que poco a poco, como en la arena de una playa voraz, se fueron hundiendo las patas de la mesilla sobre la que Underwood Cervantes se recalentaba como una locomotora arcaica en miniatura. Poco a poco se fue parando, dejó de crujir. Al final, sostenida casi en un suspiro, escribió un punto, bajó con el tabulador un par de renglones y pulsó a continuación y muy rápido una F, una I, una N y quedó después quieta y casi en silencio, apenas con un ronroneo sordo de animal que se sosiega en duermevela. Hubiera sido el momento en el que ella se hubiera recostado un poco hacia atrás y habría encendido con naturalidad un cigarrillo, mirándose con vanagloria los curvos garfios creadores. Pero nada de eso ocurrió: Underwood Cervantes siguió en silencio e hizo la tarde silencio, y tú permaneciste unos minutos en el dintel de la puerta, desconocido para ti mismo, mirando a la máquina con la mano en la boca tal y como Norman Bates miró la ducha emporcada de sangre de rubia. Aún bajo la puerta, como en un descanso que te daba la tarde, fumaste y fumaste, sobrecogido y empequeñecido, incrédulo tú mismo de lo que ibas a hacer.

Recogiste, ahora sí, todos las hojas desperdigadas por tu cuarto. Reía el demonio en el infierno, acariciaba con gracilidad a su perro Cerbero. Diste vueltas por tu cuarto, demorándote en mirar las paredes, acuchillando el tiempo como el que no quiere llegar a una cita. De tu mano colgaba una cigarrillo consumido, inhiesto aún un largo cilindro de ceniza. Cogiste al fin la vieja mochila que meses antes habías preparado. La metiste dentro. Bajaste a la calle. La golpeaste en todas los semáforos y señales y cabinas y bancos de piedra que te salieron al paso. Arrastraste el cadáver de la literatura por calles que jamás presenciaron, ni soñaron con presenciar jamás, tan semejante excelso espectáculo. Llegaste al río. Los candados de los enamorados, 5/12/05, 13/02/09, 29/11/10, última ultimísima moda de los transmodernos tiempos, saturaban los fierros del puente. La arrojaste al agua con esfuerzo y ni siquiera esperastes que la máquina, Underwood Cervantes, aquel objeto mágico y amigo durante un tiempo, éste ser vivo que lo fue, se estrellase contra el agua. Las gaviotas chillaban histriónicas, heraldos del fin del verano, y tú eras culpable de todo, proscrito ya de todos, pero eso no te impidió volver diligente a tu casa, escurridizo tu perfil como una rata mojada y yermo tu interior. Cogiste el teléfono, llamaste a tu editor, dijiste las tres palabras mágicas:

-Tengo la novela.

Monday, January 2, 2012

Prehistorias del punk: LA BANDA TRAPERA DEL RÍO a tumba abierta

Primer artículo para la revista musical digital EL MUSIQUIÁTRICO. Por Laura Trans & Javier Jabato: PREHISTORIAS DEL PUNK: LA BANDA DEL RÍO A TUMBA ABIERTA

http://www.musiquiatrico.com/prehistorias-del-punk-la-banda-trapera-del-rio-a-tumba-abierta/



Laura Trans & Javier Jabato en el programa POETAS DE LA DINAMITA OO4. *Anarco*Subversión*Lumpen*

http://poetasdeladinamita.radioalmaina.org/

Sunday, January 1, 2012



PACTO A YURAS (Charnego anda suelto)

Y ahora sólo (nos) quedaba, como materia primigenia de eso que los artistas llaman arte, la aceitosa y tan vasta realidad, esa dimensión -ésta- que, hasta enfermarnos, nos enfebrecía con comida basura y televisión basura y trabajos basura y vanaglorias basura y amores basura y multitud de estupideces más y no nos dejaba, cancerbera de nuestros sueños, ir más allá de un aquí y ahora que ya, digamóslo claramente, empezaba a heder. Criogenizado por siempre el astuto idiota de Walt Disney, y superado el imaginario socialista por aburrido y por haber sido históricamente derrotado sin más, no tuvimos más remedio que erigir nuestro imaginario con retales, con harapos, diríase, de subculturas y aberraciones y esperpentos lumpen que nos salieron al paso tal cual niños menesterosos; canciones y versos y rincones de la ciudad con los que, en algún momento que no sale a cuenta recordar, hicimos un pacto a yuras.
 
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