Tuesday, November 26, 2013

 OSTIPPO NO WAVE BAND. Situacionismo. Post letrismo. Insoc. Dulcinianos. Teleplastia. 1984 + 1.

LA CARA DE BÉLMEZ (aka Javier Jabato). Ostippo No Wave Band.




Monday, November 25, 2013


FIESTA EN PROSAQUISTÁN (Las tres gracias)


Mientras el avión daba vueltas y se acomodaba para aterrizar entre la neblina, Lady Porconni pudo contemplar una mínima parte de los territorios destruidos por la guerra. Pues tampoco es para tanto, pensó, seguro que hay hasta McDonalds. Nada más bajar, la diva -guapísima ella pero fundamentalmente torpe, como un jirafa en un zoco- metió los zapatos de veinte mil euros en un lodazal del que tuvieron que venir a rescatarla tres esforzados soldados. Olía a petróleo, a gas, a carne quemada. Llovía en Prosaquistán y el comandante Plácido la esperaba bajo un insuficiente paraguas.

En el lugar del concierto, los soldados, tal y como si estuvieran en las gradas de una final de infrafútbol y no ante una actuación de la ultimísima estrella del pop universal, parecían salirse del pellejo: saltaban, se llevaban las manos a los testículos, hacían cortes de manga y se derramaban sobre sí enteras botellas de alcohol. Escupían lapos con furia y descreimiento y muchos se masturbaban ya. Entre bastidores Lady Porconni oteó a aquellas masas simiescas y por un momento se asustó; pero después pensó en la pasta gansa que ya había cobrado por aquellos veinte minutitos de baile y se tranquilizó. Estaba preparada. Sus dos acompañantes estaban preparadas. Todas estaban preparadas. Todas eran profesionales. Y después de la actuación el avión privado las llevaría en apenas cuatro horas hasta la ciudad santa de Dubai, donde, sin ningún pensamiento gravoso, podrían relajarse en un spa y freírse las pestañas con rayos uva. Veinte minutos, pensó. Y ni uno más. Con eso, aquellos pajilleros tendrían material suficiente para hacerse de seguido dos o tres guerras enteras. Con los primeros acordes de Te amaré hasta que me ames, la Porconni, secundada momentos después por Leila y Deila, saltó al ruedo sin saber que ella era el toro. Dos enormes botellas de cocacola hechas de plástico franqueaban el escenario y servían como columnas a una inmensa y luminiscente M amarilla. Atrás, como olvidado, estaba expuesto un gran trapo rojigualdo, deslucido, posthistórico. Como si no quedasen en nuestro ejército trapos decentes con los que engalanar los actos de postín. Como si el rojo se hubiese convertido en un desilusionante rosa y el amarillo fuese, ahora más que nunca, el amarillo de los artistas que mueren sobre las tablas. Aquello era la patria. Un descampado reventado, una alambrada, unos jóvenes malpagados con whisky y media teta vista.

Aunque ya nunca llegaría a entender, siquiera mínimamente, el sentido de aquellas palabras, la Porconni, moviéndose insinuadora, pasándose la mano desde la cadera hasta allí donde le brotaban las dos pelotas de playa, pronunció aquellas palabras que el director de Propaganda le había dicho que pronunciase:

-¡Saludos, próceres de la patria! ¡Espero que me améis tanto como yo os amo a vosotros! ¡Viva el tontipop!

Y ya no hubo relojes dalinianos para más. El comandante Plácido, que hasta entonces intentaba llevar el compás desde un lateral del escenario, solo tuvo tiempo de intentar parar al primer soldado que saltó. Quizás también al segundo. Pero pronto hubo veinte, cuarenta, doscientos retoños de gorila sobre el escenario. Eran hacedores de patria pero también niñatos descontrolados, dopados, asustados, fundamentalmente alienados que, en un intento de sexo, en apenas dos minutos, descuartizaron sin tregua a Lady Porconni y a sus dos acompañantes. Hasta los soldados encargados de custodiar a las tres mujeres -como ya hicieran los militares de Portugal en el 74- se unieron a la fiesta muy pronto, demasiado. Si Dios existiera habría visto al capellán castrense tocándose por encima de la sotana con disimulo apenas intentado, lascivo y hasta provocador. Los mandos disparaban al aire sus pequeños e historiados revólveres, se palmeaban riendo las espaldas y hacían como que no les bajaba una gota de amargor por la garganta. La líbido, la abstinencia, el frenesí, la droga, el aburrimiento, la desesperación, la locura y la patria. Y tres mujeres expuestas como ofertas de salami. El comandante Plácido casi no había tenido tiempo de asir unos restos de licra y apenas unos últimos jirones de carne. La actuación había durado poco más que el conciertazo de Ramoncín en Viñarock 2006.

Cuando se pasó aquel aquelarre hombruno, cuando amainó aquel concubinato del semen y la sangre y la mayoría asaltaba ahora el almacén de bebidas y huía hacia los penumbrosos descampados cercanos, el comandante ordenó a los más borrachos de entre ellos recoger los improbables restos de las tres mujeres y amontonarlos junto a dos ruedas de camiones. Combustible no faltaba nunca en aquel lugar del planeta y alguien acercó una cerilla. El comandante Plácido se quedó un momento inmóvil mirando la fogata, aquella impensable ofrenda a Marte que habría de mantenerse ya viva hasta el lluvioso amanecer. La guerra, la concupiscencia de un cuerpo que somete a otro, olía peor que nunca y él no se encontraba especialmente bien. Sentía algo así como una vaga desilusión sexual en el bajo vientre. Dijo a su su inmediato subalterno:

-Ordena formación. Me los pones a correr hasta que yo me aburra.

Los soldados reaccionaron al silbato como si todos se llamasen Paulov y mirando los inciertos campos de la ceguera (ahora callados, apenas amanecidos, diríase casi sin enemigos) se aprestaron a sobrevivir un rato más. El subalterno siguió en silencio, mirando al jefe, como esperando otra orden o tal vez una palabra amable o incluso un abrazo o una mirada de hombre a hombre.

-Es todo -dijo el comandante Plácido-. Puede retirarse. Viva España.

-Viva.
EL ACANTILADO DE POR SIEMPRE JAMÁS

Aconteció que -tras el descubrimiento del fuego, de la rueda, de la penicilina, de la fisión nuclear, de internet y del mapa completo del genoma que nos conforma- la Humanidad, en esa su constante búsqueda que nunca acaba, descubrió la tan ansiada inmortalidad. Algún tiempo después, había programas de televisión en los que ciudadanos cualesquiera despeñaban por acantilados del país a viejos enfermos. Éstos rebotaban gráciles, riéndose impunes de sus huesos rotos.

Wednesday, November 20, 2013


 


2077

Hacia el final de la noche, en el interludio licencioso previo al amanecer, la Mujer Plástico se sintió sincera por vez primera y dijo al Hombre Chapa:

-Te amo.

Y ambos se fundieron en un apasionado beso propio de otros tiempos.

Monday, November 4, 2013


FUNERATOR (El ataúd vacío)

El hombre, único cliente en el bar, apuró su café, dobló cuidadosamente el Marca y con la mirada -diríase con sus grandes ojeras de pajarraco sobrevivido a la noche y arribado al postrero amanecer solo de pura casualidad, de mero acontecer- hizo entender que deseaba la cuenta. Vestía elegante pero desaseado, como si recalara a aquel amanecer y a aquel bar después de tres o cuatro días de boda pantagruélica. Antes de salir tuvo aún tiempo de echarse unas tragaperras y el camarero, apenas un niño, lo observó durante unos momentos al trasluz sin llegar a fijarse si el hombre perdía o ganaba. Antes de salir, aún dijo: "Uno puede ir ganando hasta que al final pierde. Como en el amor. Las tragaperras suponen una metáfora perfecta de esta locura cochina que los vivos llaman vida". El camarero lo miró pensando lo que piensan todos los camareros, otro loco, todos me tocan a mi, la hostelería es un lodazal.

Ya en la calle, el hombre se paró unos instantes preciosos frente a la plaza que se le abría, contemplando el sol tímido que, como una venturosa mortaja, cubría toda la escena: los repartidores en el trajín de los portales, viejas avanzando imperceptiblemente al final de la calle Traspiés y unos perros despedazándose entre sí sobre un elevado jardincillo de arena. El hombre empezó a caminar resuelta y felicianamente, casi como un turista que, confiado, mirase los ventanales de las casas. Así callejeó sin rumbo, jugando en su cabeza a doblar siempre a la izquierda la primera esquina, hasta que -sin algo que lo precediese, lo anunciase de algún modo- una expresión de apuro, de prisa posmoderna, electrificó durante un segundo todo su cuerpo. Allí mismo paró un taxi, entró veloz y dijo con desagrado la dirección del lugar mientras buscaba entre sus bolsillos algo que no fuera ni calderilla ni tabaco ni cartones del bingo. Después, tranquilizándose, recordó que se había guardado en el calcetín un ultimísimo billete de 10 euros, por si acaso. Fue entonces cuando vio en el salpicadero del coche una pegatina con el escudo de su equipo. El taxista le cayó instantáneamente mejor:

-¿Cómo hemos quedado? -preguntó.

-Hemos perdido 0-1, en el último minuto -el taxista hablaba como si se refiriese a algo vivo- Este año como no se enmiende la cosa pegamos un segundazo de dos cojones...

-Eso no lo dude usted -nuestro hombre meneaba la cabeza, con la expresión del que sabe que las cosas son así y que la futilidad, cuando no la ignominia y la barbarie, dominan nuestros actos. Y se replegó en un sincero silencio del que ya el taxista no pudo sacarlo.

Cuando llegaron al destino, el hombre bajó lentamente, como si las prisas de la mañana, de la urbe y sus atascos, no fuesen ya con él. Mientras pagaba con el billete sudado, el hombre preguntó al taxista:

-Oiga... ¿usted sabe quién es Caronte?

-¿Caronte? -el taxista buscaba el cambio, que el hombre negó con un leve gesto de la mano- ¿Ése no es uno de Sevilla Este?

-Bah... déjelo -y el hombre ya se iba pero en un momento se giró sorpresivo y peguntó- ¿No tendrá usted fuego?

El taxista, que ya se arremetía de nuevo en el caos urbano como un rinoceronte herido, dijo en el viento:

-No fumo... El médico me lo quitó. Entre el tabaco y el Betis me iba a dar a mí una cosa mala...

El hombre quedó varado en la calle, como un espantajo desvestido. Se habían acentuado sus ojeras y ya no tuvo arrestos para levantar la mirada y contemplar el sol. Buscó una última vez el mechero que sabía que no tenía y entró en la funeraria.

Pasó delante de un trabajador que no lo vio porque languidecía delante de un ordenador, comprobó un nombre en la placa adjunta a una de las puertas y entró sin más preámbulos. Entre el pánico general, los gritos, las carreras y las expresiones más terribles del horror humano, el hombre se dirigió al ataúd, lo abrió, se introdujo en él y cerró la tapa. Todavía cruzó los brazos sobre el pecho aunque sabía que ya no lo veía nadie.

LA LUNA

El cliente pidió la luna y el camarero no pudo hacer otra que obedecer. Se rascó un poco la barbilla, dejó su bandeja por ahí y se elevó sobre una de las sillas que ocupaban la terraza. Recogió con su mano unas pocas luminiscencias de luna y las aposentó cuidadoso en el café.


DEL AMOR A LA MÁQUINA DE HIERRO Y CHAPA

Miraba deslumbrado esos dos grandes faros y besaba la matrícula y magreaba los espejos retrovisores. Al dar la vuelta sobre su amante, el hombre descubrió el tubo de escape.

Saturday, November 2, 2013








EL CÍRCULO

Él murió por causas que no interesan a la narración y ella se quedó un verano entero encerrada en su casa. Él fue incinerado y sus más pequeñas partículas, mezcladas en un humo caliente, salieron por la chimenea del tanatorio y vagaron gráciles por el cielo durante un tiempo, hasta que entraron a formar parte de una cálida tormenta propia de finales del verano y tan pequeña que apenas era una nube. En ese mismo momento, ella sintió un ramalazo de energía columna arriba, como si alguien le pasara la mano hasta el cuello. 

En un momento dado, la tormenta –sorprendiendo tal vez a algún meteorólogo que estudiase el tiempo desde una estación cercana- cambió de rumbo y se dirigió casi como si fuese un organismo vivo, como si tuviese una preclara conciencia, hacia la ciudad. Ella, como una Lucy posmoderna que esperase su Démeter, necesitó bajar al pequeño jardincillo. La nube entró por los arrabales soltando ya las primeras gotas, precoz. Cuando llegó al jardín ella estaba preparada, desnuda y ofrecida.

 
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