EL CÍRCULO
Él murió por causas que no interesan a la narración y ella se quedó un verano entero encerrada en su casa. Él fue incinerado y sus más pequeñas partículas, mezcladas en un humo caliente, salieron por la chimenea del tanatorio y vagaron gráciles por el cielo durante un tiempo, hasta que entraron a formar parte de una cálida tormenta propia de finales del verano y tan pequeña que apenas era una nube. En ese mismo momento, ella sintió un ramalazo de energía columna arriba, como si alguien le pasara la mano hasta el cuello.
En un momento dado, la tormenta –sorprendiendo tal vez a algún meteorólogo que estudiase el tiempo desde una estación cercana- cambió de rumbo y se dirigió casi como si fuese un organismo vivo, como si tuviese una preclara conciencia, hacia la ciudad. Ella, como una Lucy posmoderna que esperase su Démeter, necesitó bajar al pequeño jardincillo. La nube entró por los arrabales soltando ya las primeras gotas, precoz. Cuando llegó al jardín ella estaba preparada, desnuda y ofrecida.

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