Se conocieron un 29 de febrero en el que ambos, aún por separado pero igualmente borrachos, bailaban en cualquier garito y celebraban sus respectivos cumpleaños. Se casaron el 29 de febrero siguiente, cuatro años después. Y cuatro años más tarde, cuatro exactísimos, nació su primer hijo. Y cuatro después, igualmente exactísimos, nació el segundo.
El tercer hijo se adelantó unas horas, tal vez sólo unos minutos, al cuarto 29 de febrero que por derecho les tocaba vivir juntos. Ella, manchadas aún sus manos de límpida sangre sin mácula, cortó el cordón umbilical y ahogó al recién nacido entre las sábanas. Se internó en el cercano bosque y lo depositó entre unos helechos húmedos, festín ofrecido a las bestias y el olvido.
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