LA CULPA DE ALGO
Javier Jabato
Aquel hombre triste salió de su trabajo olvidable y se dirigió al metro más cercano. De camino, en cualquier esquina que ya siempre recordaría y por la que jamás volvería a pasar, encontró a seis o siete hombres pateando lo que en la ciudad tiempófaga parecía solamente un fardo abandonado y era en realidad un prójimo tan anónimo como doliente. Nuestro hombre triste siguió su camino y llegó a tiempo para coger el que quizás fuera el último metro de aquella noche vulgar.
Nada más llegar a su casa, aún en el umbral, soltando las llaves sobre un cuenquito de porcelana, su mujer vislumbró la vergüenza, el desdoro, la mentira en los ojos de él y, errando lo motivos, preguntó:
-Has estado con otra mujer, ¿no?
Javier Jabato
Aquel hombre triste salió de su trabajo olvidable y se dirigió al metro más cercano. De camino, en cualquier esquina que ya siempre recordaría y por la que jamás volvería a pasar, encontró a seis o siete hombres pateando lo que en la ciudad tiempófaga parecía solamente un fardo abandonado y era en realidad un prójimo tan anónimo como doliente. Nuestro hombre triste siguió su camino y llegó a tiempo para coger el que quizás fuera el último metro de aquella noche vulgar.
Nada más llegar a su casa, aún en el umbral, soltando las llaves sobre un cuenquito de porcelana, su mujer vislumbró la vergüenza, el desdoro, la mentira en los ojos de él y, errando lo motivos, preguntó:
-Has estado con otra mujer, ¿no?

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